El mayor éxtasis es esa sensación de llegar de tajo al absoluto, y eso, a modo de ritual cotidiano, es el beneficio del exceso de cafeína. “Estoy como quiero estar”, he oído decir a algunos adictos, y los de la cafeína son singulares.  He conocido a (llamémosle Mommy) un editor que si no tenía una buena cantidad de café en el flujo sanguíneo a eso de las 6 de la tarde, comenzaba a proferir los insultos más extraños a todo aquél que se acercaba: “¡Secretaria sin sostén!”, le dijo una vez a un autor porque en su taza ya no había café. Sin entrar en el orbe de los alucinógenos y sin tener esa categoría pavorosa que ostentan otras drogas, el café va librando su ordinario imperio de dureza. Y claro que hay historias de adicción; un tipo que manejaba el helicóptero presidencial me contó de un mecánico aeronáutico (¡qué clase de cosa!) que tenía su despertador a la hora para beber un café en la madrugada, porque de lo contrario tenía taquicardia, pesadillas, y se levantaba con la boca seca, como si no hubiera tomado agua en días. Otro profesor de filosofía cargaba por los pasillos de la facultad su termo a tope y siempre lleno (eso me causó mucho terror hasta que pensé que el termo podía llenarlo cada que quisiera en cualquier puesto de café), y claro está, su voz, su ritmo discursivo, su mecánica mental marchaba tres veces más que cualquier otro. ¿No? ¿Estamos? Luego escuché a un escritor decir que el café era la droga de la modernidad y que era la grasa emocional del gran avance de la civilización. Gran estúpido, pensé, si tomara la suficiente cafeína le daría vergüenza dar a la imprenta frases semejantes. También el café hace rituales y muy serios; y aunque muchos universitarios lo consumen con la ilusión de que por algún motivo así llegará el amor o la musa (véase en cualquier cafetería), también es un digno puente hacia los estados magnificados de la percepción. Es como propiciar el voluptuoso enojo de las cosas, un holocausto de tajo en el nervio concentrado. El hecho es que el café crea una hiperatención mezclada con una rigidez placentera que deja ver, a un mismo tiempo, la vitrina de la idea limpísima y el sótano de los estados angustiantes. Es el gran fantasma del entumecimiento lúcido. Es la frontera del nervio, el lugar donde la asfixia emocional está a punto de reventar. “¿Qué tal las ligas?”, dicen los adictos abusivos cuando ven a un inexperto retorcerse con una sobredosis. La falta de cafeína provoca esa miserable sensación de que al globo metálico le falta el helio que lo devuelva al absoluto. Y es el sueño del tenso frenesí el que lleva a los solitarios a encender la caldera oscura en el centro mismo de los nervios. Ávido del paraíso rotundo, sediento de condensación, el espíritu se ve obligado a forzar la marcha, a acelerar la totalidad. Cierto sábado por la tarde, en ayunas y luego de una extenuante jornada de lectura, mi amigo D. Enríquez y yo deliberamos que era necesario aliviar el hambre cuanto antes. En su mirada inquieta, en el sudor de mis manos se anunciaba que nuestra hambre era de otro tipo. Y ahí estábamos los dos con nuestro vaso doble, afinando el sentido a medida que la tarde creaba rizos eléctricos sobre los árboles de la universidad solitaria. Ese fue mi tope, “estuve como quise estar”, ahí, a un lado de una fuente sucia. Y junto a la fuente sucia, bajo ese cielo demasiadamente azul, supe que para estimular el eclipse definitivo en el corazón mismo del ser, teníamos primero que librar una batalla definitiva con la dureza. “Extraer el brillo de las cosas, chico”, había dicho Mommy, ya feliz con su express espumoso a las 6 más 37.

El café es un ruido tembeleque tirando tierra en sus venas para aspirar a ser sonido grueso. Otra mañana de cafeína mayúscula, pensé que ese deliberado ahogo era semejante a tragar una gran bocanada de franela negra; curiosamente, a los pocos días me hallé con esta frase del viejo Bill Burroughs, hablando de una poderosa droga llamada “carne negra”: “Sacó un tubo de plomo. Cortó un extremo con una navajita curva. Del tubo brotó un vapor negro que quedó suspendido en el aire como un visón hervido. La cara del Marinero se disolvió, su boca onduló hacia adelante como una larga manguera y sorbió la pelusa negra vibrando con peristaltismos supersónicos, desapareció en una explosión muda, rosácea.”

El café es lo más parecido al metal sembrándose en las raíces del espíritu, la roca más preciada en el centro de las operaciones nerviosas. La explosión rosácea que se necrosa, chico.

Estoy como quiero estar… ¿Estamos?

L.L.

 

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Fue en octubre del 2008 en el marco de un Congreso Iberoamericano de Poesía celebrado en la ciudad de México que me invitaron a presentar nada menos que a Esther Seligson, quien daría una charla sobre su obra. “A mí nadie me presenta”, le había dicho a una amiga, pero yo ya estaba comprometido y me tuve que aguantar el miedo. El evento sería a medio día en el museo Laboratorio Arte Alameda frente al Hemiciclo a Juárez. Sin embargo, cuando llegué, había una asamblea informativa de Andrés Manuel López Obrador, y la gente atiborraba la calle y también la puerta del museo. A empujones y súplicas pudimos entrar (con el poeta Mijaíl Lamas que había llegado muy elegante para la ocasión), pero adentro no había nadie, sólo Daniel Sada, impaciente por salir. Entonces, conforme pasaron los minutos nos avisaron que Esther Seligson y su albacea Geney Beltrán, no habían podido  cruzar la multitud y se habían marchado.

Sin embargo yo la había conocido en la oficina del Departamento de Literatura del Fondo de Cultura Económica, cuando hacía mi servicio social allá por el remoto 2006. Entré, se me quedó viendo de arriba a abajo con esa mirada felina, y dijo: “Tú y yo nos conocimos en otra vida y los dos estudiamos teatro”. Yo no supe qué decir, sólo atiné a darle la mano y a salir huyendo, completamente atemorizado. Ya había yo leído algunas prosas suyas, y sabía que era una de las mejores escritoras (y escritores) que quedaban en este país.

Eso lo recordé cuando sentado en una butaca del museo vacío, desdoblé la hoja mecanografiada que sería su presentación, pensando en la mala suerte de no poder presentarla. Sin embargo, a pesar de la mala fortuna de ese día, no pensé que ya no tendría oportunidad de volver a verla, (acaso leerle el texto), pues moriría poco más de un año después.

Aquí repodruzco hoy esa presentación, que había estado años adentro de un folleto que anunciaba el evento de ese día.

Dormida en medio de la lumbre: Esther Seligson

“Hay un árbol; un árbol frondoso, siempre verde”.

Sólo lo fugaz edifica, la existencia estaría más próxima a un desvanecimiento, lo persistente se construiría de evaporados fragmentos. Todo sucede en un resquicio total, inasible; la realidad articula luminiscencias mudas, habla con palabras de un vocabulario entumido. Habrá que ir más allá, habrá de encontrar el otro orden, el que delibera en secreto las grafías que han de palpitar en el ensueño; un discurso bordado con la sustancia sinuosa con que las cosas desfallecen, un pensamiento construido de neblina intacta, de raíces hambrientas de avanzar arriba. Habrá de buscar respuestas; ante la incertidumbre, la belleza, ante la carencia, la fe, ante el olvido, una mariposa emergiendo. Seligson, una poderosa noción de los estados sensibles, un presentemineto de cada detalle, cada ruptura que significa un misterio, una voz apagada con lo ojos bien abiertos. Tacto lúcido palpando contornos en la oscuridad, porque en sus visiones las cosas buscan magistralmente la manera de no desvanecerse. Mano ansiosa hilando una tensión al rededor de la materia débil, escritura que deambula descalza por los fríos pasillos del imperio anímico. La angustia se levantó a media noche para descifrar esencias, la mirada contempló cómo la verdad se consumía al interior de una llovizna triste. En el vacío no hay refugio, hay una vegetación que crece desmembrada; la luz se resquebraja antes de tocar el suelo. El deseo posibilita todo movimiento pero termina siempre estallando: si la pulsión es fuerte, el sueño cubrirá a la noche de altas llamaradas; la belleza podrá abrir una ruta hacia una disolución fantástica. Entonces la sensibilidad dará la batalla, saldrá a buscar la parte oculta, predicará la esperanza de burlar la bruma.

Dormida en medio de la lumbre, Esther Seligson dibujará una cartografía limpia por si el espíritu se pierde, desenredará el alambrado de una sinfonía frágil y compleja, aguardará en silencio la nota que caerá inmensa. Trazará un devenir escondido, reconstruirá las armonías que no llegaron a escucharse, remendará con vestiduras rotas la costura de un tejido noble, porque ella sabe que la realidad es un montón de hojarasca que habremos de soñar de otra manera.

Acaso en el ensueño nos regalará un corcel y una estrella moribunda; acaso en el atardecer el jardín se llenará de luciérnagas.

 

L.L.

 

 

Con el sueño fracturado por siglos de contensión y angustia escucho la realidad avanzar como un nervio poseído reptando entre los tejidos del tiempo, morosamente, como si quisiera escapar de un espacio maldito. Con el sueño fracturado escucho crecer el tiempo como el ramaje de una ciudad en ruinas en cuyos bordes rondan pequeñas flores violetas y en cuyo cielo se observa cómo ha terminado de cerrarse un gran círculo de fuego. Bajo el sueño, en la más rígida danza de las formas, también se cierra un círculo al rededor de la tensión de los segundos. Y al irse fragmentando la espacialidad del sueño sentimos cómo el cuerpo es invadido por una parvada de aves como hielo estricto.

Bajo la piel nevaba en silencio, una nieve apenas perceptible caía desde los remotos bosques del cansancio y la bruma. Las sombras en las paredes, los tétricos colores del los cuadros, las diminutas grafías de la libreta, dejaron avanzar una fatiga, al igual que el jardín nocturno impulsa un murmullo incomprensible que termina en el primer albor del día. La tierra del sueño fragmentado va descubriendo una vereda sinuosa como el transcurrir de una ciega serpiente; al fondo un gran charco de agua se desprende del metal del sueño como el sudor de la piel exhausta. Hacia arriba han comenzado a volar miles de insectos que quieren venir a dormir sobre el nervio poseído; y el nervio se mira en el charco, mece sus escasos cabellos frente al espejo hudizo, alza la vista pero no puede reconocer su rostro; aquellos pómulos de material acuoso vienen cayendo como una lluvia al interior de una plazuela de vidrio. El nervio se pasa la mano por los labios y siente la tersura de una lágrima; pero en vez de llanto un frío desciende amalgamado, como si fuera lava intranquila de un volcán de plata. Y al centro del sueño va llegando un flujo gris como un atardecer en la demencia; y de sus vitrales se desprende un brillo intermitente; una corriente que apresura su marcha entre los segundos que tropiezan. Y los segundos rompieron filas y se reagruparon en las zonas rotas del sueño desmembrado; dejaron caer su peso de higo muerto y formaron un lecho con la espalda de su delineado líquido.

El sueño siguió avanzando ya sin prisa; el miserable fulgor de una luna maltrecha ocultaba su respiración y la volvía luz cobriza. La cima del sueño se hallaba lejos de esta luz vagabunda, y aunque afuera comenzaban a cantar algunos pájaros, tras los párpados el nervio poseído había empezado a tejer metros y más metros de negrura espesa.

L.L

Un puente…

10/18/2011

 

La ensoñación había durado siglos, no la esperaba, tampoco la había buscado pero día a día iba llegando. La luz era una forma maleable derrumbándose encima de los árboles como un cuerpo inasequible que alargaba su aliento tibio. Si la luz llegaba, las formas aparecían, cobraban presencia: la mano lumínica dibujaba su volumen, precisaba su contorno y su anchura, porque la realidad era un páramo donde todo permanecía inalterable, un valle tranquilo extendiendo su piel de hierba perfecta sobre una recta de senderos y ríos, un diamante impenetrable, colosal, que unificaba al ser. La ensoñación había durado siglos, era un excitado teorema que arrastraba las horas a un ritmo más lento y distraído. Las visiones se abrían, las noches se volvían inmensas de formulaciones, la conciencia ejecutaba movimientos nuevos, creaba rutas de todo lo que hallaba, se detenía en detalles nunca antes atendidos. Algo sucedía, una sensación de que todo participaba de sus propias reflexiones, de que sus ideas y el móvil de todas las cosas se encontraban en una conversación hermética. Si el universo era un solo organismo y todos sus elementos estaban cohesionados, entonces el pensamiento era una energía que llegaba a todas partes. De esta manera, las piedras de los acantilados, el agua escondida de los pozos, el frágil brillo de los manantiales, el nacimiento de los astros más lejanos, vivían el mismo sueño. Presintió también que esta naciente dimensión era un secreto, y que una vez que la puerta se entreabría no había marcha atrás. Pero no tuvo temor y prefirió ver, seguir esa voz codiciosa que endurecía su percepción y convertía las madrugadas en fabulosos barcos sin rumbo. Prefirió ver, atar cabos invisibles, unir todos los granos de la tierra para saber cuál era el motivo de que el polvo se dispersara por el aire como una aparición efímera. De todo quiso hallar sentido, a cada cosa le construyó una lógica, y sus ideas caminaron lejos, sin cansarse, sin pretender volver. Y la mente comenzó a ser permeable, a practicar un velocísimo ejercicio parecido al caer de una cascada, al oscilante avance de un lagarto entre la arena.

De espaldas a la realidad, de pie frente al precipicio, comenzó la oscura disciplina de hacerle frente a las esencias: ya no era el agua, era la noción de profundidad descendiendo hacia otras nociones deslumbrantes: si pensaba en la luz, le venía la imagen de un hombre creando círculos de fuego en el desierto; si pensaba en el tiempo, veía a una anciana gritando al interior de un campanario. Los colores del alba eran reptiles devorando objetos sólidos, los colores eran el fino tacto de una mujer agonizando detrás de los sentidos. Entendió que la existencia era el capítulo amorfo de algo que desconocía, una cabeza sobre madera apolillada, una sinfonía descompuesta bordada con el lamento de un mar extinto, mar blanco, acalambrado, que no ofreció vida alguna. Todo era parte de una música imposible, un conjunto de convalecientes sonidos tejiendo constelaciones, levantando la calma de las nubes. Pero de pronto la marea, la música se venían encima, la armonía se agudizaba y se volvía grito de insecto; un millar de arañas destrozaban sus miembros, y las manos se caían a pedazos; del cielo caía excremento, era de noche en la montaña y alguien le decía que subiera el árbol más alto para observar una pequeña luz tras de las ramas; alguien lo guiaba en una pequeña barca río abajo, y después le gritaba que no se saliera del círculo de caracoles, del círculo de cal y fuego. ¿De quién era el dolor? ¿Qué majestuosa fuerza lo creaba con azotes de metal hirviendo?

Despertó de pronto pero creyó no haber dormido en días, el corazón le latía demasiado rápido, y no sentía el cuerpo, su sensibilidad se dispersaba como vapor sonámbulo. Salió al jardín, era tarde, la atmósfera del sueño no se había diseminado; vio largamente un árbol y le pareció contemplar únicamente la historia de algo que no había sucedido nunca. Alzó la vista, el cielo le pareció un enemigo, un grupo de caracoles le subían por la espalada y adivinó un olor a cera quemada. Empezó a respirar mal, caminó desesperadamente buscando el camino de regreso, pero ya veía sin pensar, ya no había cosas. Sintió la más inconcebible angustia, salió corriendo a la calle, el rostro azulino y los ojos muy abiertos, llenos de pánico. De todo se dio cuenta, vio sus propios pasos alejarse para siempre de sí mismo; en su última visión tuvo la certeza de que no volvería: el pensamiento ya navegaba muy adentro. Su espíritu le exigió un esfuerzo, una fortaleza que no poseía. Un viaje, apenas un viaje, unos pocos pasos hacia un dios agazapado que jamás terminaría de levantarse. Pero los dioses se enojaban cuando se les miraba a los ojos, y los dioses llenaban el alma de tierra. Una barca había zarpado y se había detenido en medio del océano oscuro, ahí, en la noche quieta de ruidos, dejaría por fin crecer la voz que lo encauzaba, la voz precisa que lo conduciría al espacio donde podría mirar de nuevo, donde podría sentir la textura convulsa de la materia reciente. El infinito venía un poco atrás, pero sólo un poco, había que esperar unos segundos a que se desbordara el espíritu, y entonces ya no estaría ahí, los límites que lo contenían se volverían de humo. Ya no supo que corría en la calle: se deshabitaban las presencias, se desangraban los objetos, la realidad quedaba en una pulsión amorfa, un mareo vertiginoso; las formas comenzaron a huir como bestias asustadas en una noche de relámpagos.

La ensoñación había durado siglos, un valle, un clima yermo de púrpura enfermizo: sobre la carretera la tarde declinaba. A lo lejos el hombre cruzaba un puente iluminado por destellos opacos, una entonación desconocida guiaba sus pasos dormidos como el tiempo dentro de su memoria muerta. El delirio aprendía a tejer sus vestiduras, el puente era un camino apenas, un puente, una piedra que es un hermanito, y el viento que nos cuida de los lobos y los grillos, un puente, la piedra que es un hermanito, y el viento que nos cuida de los lobos y los grillos, un puente, la piedra que es un hermanito, y el viento que nos cuida de los lobos y los grillos, un puente…

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"No tocar". L.L

Pensábamos en una mente desvinculada de los aspectos inmediatos del mundo, guiada por el constante despojo de aquellos asuntos convenidos como “trascendentes”, pero frente a la cual no hay acontecimiento vano. Una mente muy cercana al estado puro, que se ha instalado o ha podido mantenerse (como una mente infantil, siempre azorada) en la experiencia sustancial de las cosas, capaz de gravitar en una órbita donde nada cede al dinamismo de las convenciones.

Sin embargo, esta mente que ha urdido la materia de manera espontánea, como el niño que empujado por una emoción incomprensible ha dado forma excepcional a la masilla de barro, no ha reconocido el mecanismo, ni mucho menos la finalidad que motivó a sus manos virtuosas. La expresión espontánea no posee la capacidad de ver desde afuera el proceso de la manipulación oscura que ha llevado a cabo, y por lo tanto, es improbable que pueda provocar de nuevo una forma extraordinaria. Si el procedimiento no se descubre ante los ojos del gran manipulador, es poco probable que se adopte un hábito del buen diseño, si es que tal cosa pudiera existir; los pasos que habrán llevado a la obra magnífica se hallarán sepultados bajo el poder de una fe enceguecedora. “Llega de tajo, en lo que a otros les cuesta la vida”, diría un pensador antiguo al referirse al impulso creativo: cuando la mente, empujada por esa incontenible ira edificante, logra llegar a la obra, pero sin haber atendido el camino de ida; lo ha recorrido como una bestia poseída de una rara capacidad de ver en dónde se halla la presa agazapada bajo la bruma nocturna. No ha tenido que cuidar sus pasos, ni que guardar la proporción de sus fuerzas en terrenos peligrosos; no obstante, sus pasos, sin ver con claridad, han pisado exactamente donde tenían que hacerlo para volver a salvo, con la presa entre los dientes y sin haber derrapado por los barrancos. Ese fabuloso saber, esa memoria “de más” es lo que podríamos llamar “genio”.

Y aunque la facultad de hacer tangibles los procesos que llevan hacia una obra mayor serían el primer paso de una improbable “conciencia creativa”, el ajustar adecuadamente la complicada conjunción de sonido y sentido para conseguir el verso bello, el mezclar los colores justos que darán el efecto extraordinario, el tejer la matemática precisa de sonidos que estructurarán la monumental sinfonía, no serían el producto de algo así como una “razón creativa”, sino de aquella intuición poderosa que hace la diferencia entre el puro esfuerzo acumulativo y el acto creador extraordinario, donde de algún modo todo está dado de manera perfecta.

Es sabido que Miguel Ángel rehizo de memoria una buena parte de los frescos de la Capilla Sixtina porque le parecieron defectuosos, que Jean Rimbaud escribió acaso el poema más bello del mar sin haberlo conocido, y que algunos enfermos de ezquizofrenia son de pronto sorprendidos por un misterioso impulso que les hace tomar la pluma y redactar frases deslumbrantes.

El hecho es que la mente no malabarea los elementos compositivos y los arroja ciegamente y al azar, para después admirar en la mancha resultante la plenitud de la gran obra. La mente posee un mecanismo que organiza y esculpe brillo por brillo hasta los más mínimos detalles de esa luminiscencia final.

Por suerte, ese mecanismo se mantendrá vedado ante los empeños y el morbo del afortunado ejecutante.

L.L.

 

Me encontré a José Lezama Lima en el sueño. Yo lo acompañaba calles abajo por algún suburbio de la ciudad de México, pues él se dirigía a dar una conferencia sobre el movimiento y el silencio. “La angustia es ese pájaro muerto que agoniza en un campo iluminado”, me dijo; “La desesperación, ese viento inmóvil y sin ritmo que vuelve un hielo el movimiento de los árboles”.

Anochecía, cerca de ahí había un parque y yo caminaba junto a Lezama que iba de traje negro y corbata. Como sé de su asma le pregunté si no estaba cansado; “Cada paso es como vencer a la marea”, me dijo, “Yo no soy el que se mueve; en el cansancio me habita el movimiento”. Luego yo le repliqué: “Yo pienso, o tal vez alguien dijo que son las cosas las que van a usted”, y él me contestó: “Hay un ritmo que constantemente me recibe como esos campesinos a los que el amanecer encuentra semidormidos”.

Después me dictó unos versos:

 

No soy yo el que revela

son las grafías vueltas cenizas

de una carta consumida por el fuego.

Nunca más guardaré silencio

el silencio provoca todos los desplazamientos.

 

Pasamos por el parque y vimos jugar a unos niños. Luego ya estábamos en el auditorio; yo era del público. El auditorio era como esos gigantescos cines antiguos y había poca gente. Alguien presentaba a Lezama y todos aplaudían, y él entraba lentamente del lado izquierdo del sueño (o del auditorio, para ser más preciso). Y Lezama comenzaba a hablar del movimiento y del silencio. Decía que la conversación creaba los desplazamientos y las rupturas, y que el viaje, tal y como lo había dicho Gilles Deleuze, era una falsa ruptura. Yo estaba junto a Tania (mi pareja) y apuntaba todo lo que Lezama decía. De pronto yo estaba en otro lugar del auditorio bastante más esquinado, mientras Lezama hablaba sobre todo lo que se desprendía de su apellido. Después Tania me decía:

“Dile que tú también eres Lezama”.

Pero yo me esquinaba aún más, casi hasta ocultarme.

Ahí se acaba el sueño.

 

L.L.

 

 

Del remordimiento

08/15/2011

 

Dice Cioran que sólo el mar y el humo del tabaco pueden darnos una imagen del remordimiento. Un cuerpo difuso, sensual, que al ascender se disgrega; un cuerpo total, majestuoso, que a los sentidos se le presenta interminable.

Sin embargo, al pensamiento le es difícil hallar el verdadero motivo del remordimiento. Si el objeto de la causa de ese raro sentimiento se halla en el pasado, difícil resulta creer que la memoria lo traiga a cuenta para dar vida a un estado miserable. Nada debiera lastimar a distancia, pero la manía aprehensiva del espíritu se ha vuelto de tal modo astuta que no necesita siquiera de referentes para sumergirse en una total depresión. Al espíritu le ha gustado ya nadar de espaldas sobre sus propias aguas negras; le ha gustado desintegrarse dolorosamente por el aire, aunque de él nada quede. Sin embargo, el espíritu abre las puertas a un tipo de acción negativa que nos hace detonar uno de los grandes motores del evento creativo, pues el remordimiento “no resuelve nada, pero lo empieza todo”. Más que la dicha, es el remordimiento metafísico, la idea que nos hace sentir el magnífico peso de todas las cosas; el peso mortuorio, el peso del cuerpo, presa de sí mismo, pudriéndose con el transcurso de cada segundo. Es así como esa “sensación sin causa”, ese “satanás delirante”, nos obliga a experimentar un tormento que nos implica formidablemente con la parte lacerada de todas las cosas; un tormento que se sitúa en un territorio ya muy cercano al límite de la existencia.

El que padece remordimiento de algún modo se siente terribemente responsable de los males del mundo, y por tanto, desintegrado por una culpa indescriptible, como lo es el mismo mar. No obstante, saca fuerzas de ultratumba para reconstruirlo todo (es acaso el afligido por estos disturbios el último héroe edificante). Es un Atlas que a punto del derrumbe, sigue soportando los pesares de la generalidad sufriente; es la mano que ya desprendida, sigue sintiendo, intacto, acaso magnificado, el trauma de la quemadura.

L.L.

Uno se pone a contemplar las fachadas de los edificios, las ventanas ya cansadas de sostener el mismo rostro durante todo el día, y uno ve la noche, pesada como una laguna nerviosa o un ramaje tenso descendiendo con dificultad entre todas las cosas.  Para el espíritu duro es imposible concebir la esencia sin el pesado filtro de una estética destructiva; no se puede llegar al fondo de las cosas envuelto en un rocío de tonos suaves y maleables hojarascas. La esencia debe aguardar entre llamaradas coléricas; una muralla de músculos partidos debe ocultar ese territorio dichoso al cual únicamente una percepción sufriente, poderosa y sufriente, puede llegar. La esencia no podría mostrar su corazón con sólo entreabrir la primera puerta; la esencia estaría en los cuartos más alejados, en los armarios brumosos de los cuartos más alejados de aquellos hoteles que sólo se sueñan en los desiertos. En las lejanías hay poblados con pocas casas que conservan pocos muebles; en algunos de ellos los ancianos guardan terriblemente recelosos los baúles que contienen la decena de objetos más preciados. En una situación semejante se esconde la esencia de las cosas; un poco más allá del marco o del umbral que uno mira envilecido. Al observar la ventana  bajo el anochecer templado, el nervio avanza en línea recta, no contempla forzar un movimiento o realizar un salto inútil. Pero el espíritu sufriente nos guiñe un ojo y nos sugiere que detrás del marco hay un objeto que retiene la mayor parte del misterio de la casa entera, de los muros, de los cuadros opacos, el librero, las macetas minúsculas con plantas del desierto. De la misma forma la filosofía se pregunta a qué distancia del desenvolvimiento de una idea es que se exhibe su sentido pleno; o como aquella anciana que fustigó a los ponentes de un congreso de física que explicaban al auditorio la estructura del universo, pues según ella,  es de todos sabido que la Tierra reposa sobre inmensas tortugas infinitas. La taza del café da una idea de los misterios y de la dureza del sentido; si la taza tiende a aclararse, el peso de la esencia se diluye como una gota de recia sangre sobre el cuenco de agua pura; el agonizante siente la verdadera densidad del aire al ser conciente de que aquellas hebras angustiadas son las últimas que han de circular por sus pulmones. Al cerrar los ojos, uno pone nuevamente en un nivel neutro el estado general de las cosas; no se sabe si al abrirlos de nuevo el cielo plateado bajará convertido en una cascada de hielo abrazante, o si el cuerpo levitará por encima de la cama buscando una rendija por la cual salir huyendo… ¿hacia dónde? Eso es parte del cortejo de la esencia, de las azoteas que se vislumbran tan cerca cuando el alma ya está desprendida y busca avanzar arriba; de las luces que desde la cama evaporada se distinguen débiles, luces moribundas escapando sobre empedrados de la periferia. Pero ¿Qué hay hacia el lado umbrío? ¿Qué torres de agua abandonada se levantan en aquellas costas detrás del último arrecife? ¿Y qué habrá en medio, entre el pedregal y el pie de la oxidada torre? Junglas, pastizales, botánica perdida en la negrura de un anochecer sin vida… uno mira el marco de la ventana de estos edificios; uno se pregunta.

L.L

 

Y la libertad se acercaba conforme se desinstalaban las trabes normativas. Dios está en los nervios, había dicho Paul Schreber, y Dios se escabulle entre las trabes imponentes y los inalterables muros.

Experimentar los sentimientos en su esencia dependía de darle la espalda a la voz impuesta, silenciar el tono imperativo. Escuchar la otra esencia (la deicida) implicaba reflexionar sin el peso de los  jueces de piedra, sin las gárgolas pendientes del significado duro. En el viaje, en el vértigo psicotrópico, es fácil plantear un desplazamiento; lo difícil sería adoptar una disciplina para el desplazamiento inmóvil, ser un atleta bajo el aplastamiento de los músculos, un alma errante sobre el cuerpo mutilado. Así las ideas buscarían con desesperación huir hacia los espacios de la esencia oculta. En el sueño profundo, en el caldero de los antiguos druidas, hierven las fórmulas de la huída; pero en la pila reposa amenazante la orina bautismal. Y de todas partes se escucha una admonición: “Hay que ser astutos como la serpiente y humilde como las palomas”. Raro consejo que nos convertía en un animal alado que precisa de arrastrarse para no ser aprehendido; “Tienes alas para arrastrarte”, es la orden que se ejecuta para ser un buen siervo.  Suenan las campanas,  la multitud se agolpa frente a las “puertas del perdón”; bajo las bóvedas altísimas se apretujan como hormigas: esto es esto y esto es aquello, y “demos gracias al señor”. Curiosamente de los vitrales se filtra una luz pacífica, como la paloma disuelta en el eter cayendo compasiva para reafirmar la verdad de la sentencia. Pero la catedral ofrece una dureza aparente; debajo de aquellos recios capiteles un moho sumiso va creciendo. “Aquí te juzgarán, pero tuyo será el reino postrero”, vuelve a escucharse; seremos libres en el más allá, y aquí asumiremos que la monumental fachada es infranqueable, que el alma, aunque alada, guardará su vuelo para otra vida. La palabra, limpísima, impoluta, no se dejará envenenar por el sucio cuchicheo de los ruidos exteriores. Y si por alguna razón logramos visualizar el súbito trueno cayendo de otro cielo y partiendo en dos  el divino altar, ahí estará, en la humedad de las torres, la bendita palabra para conducir de nuevo a nuestros pasos confundidos. No obstante, por muy imponente, el órgano no desprende ningún sonido disuasivo; en cambio, parece comprimir su belleza bajo las órdenes de un discurso impenetrable. Este órgano produce una música que pide conmoverse con manual y suspirar bajo una normativa. Casi toda fe exige suspirar bajo una normativa e implorar bajo custodia: que el estado del alma sea siempre custodiado por los serafines muertos. Muertos, pero dictando las vibraciones del transcurrir nervioso; “No temas, porque él no te abandonará”, dice la voz para que a las almas menos convencidas les quede claro que la custodia no se irá. No temas rasguñar los muros, desprender algún fragmento de la roca luego de esfuerzos indignos, porque él estará contigo, cuidando que tus palpitaciones vayan siempre a un ritmo consistente con su propia respiración.  Recuérdalo: Dios te asfixiará antes de que impidas el paso de su mohoso oxígeno. Y si aún así logras abrir un pequeño boquete y palpar la otra luz, los matices nuevos deslizándose sin permiso sobre el hollín enfurecido, él estará ahí para decirte “¿Por qué me abandonas?, ¿por qué das un paso afuera de las puertas del perdón?”, y el alma no podrá con la culpa de haber escapado de su hogar milenario. Ya los antiguos jueces habían advertido que uno no puede abandonar el calor de la Casa Mayor;  “No sueñes con un árbol que crece en otro rumbo”, dice la voz, aliviada ya del susto de ver un alma extraviarse en las refracciones violetas de la luz maldita. También nos habían dicho que mirar la luz por mucho tiempo nos dejaba ciegos, y de esa forma nos habían condenado a la luz inferior, a la luz en tierra, ya que nuestros ojos jamás fueron adiestrados para recibir de frente la luz de arriba.

No te preocupes, porque él estará ahí para aliviar tus quemaduras, para dar sosiego a tu alma calcinada si un día decides que es tiempo de alzar la vista y descubrir su rostro.

L.L